Desesperadas y ajustadas palabras
de las últimas horas de la noche
te encontraron tan sorprendida
como a mí.
Pero no callaba;
soltaba, perdía, una y otra vez,
las confusas explicaciones
de la muerte del sentimiento…
ese que sostenía columnas,
rutinas, amigos, desesperanzas…
ese que ahora ni a mí ni a ti sostiene.
¿Cómo entender entonces
que el tiempo se detuvo hace tanto tiempo,
que los espejos solo dan una imagen:
la mía
o
la tuya.
Juan Griss
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Ja (quién sabe cuándo fue escrito esto!)
Sí, nuevamente estoy frente al teclado
tratando...
tratando de buscar con qué llenar
esta enorme enorme
pantalla.
Imagino
(trato)
luces como si fueran ideas
y al instante
...
se apagan.
Es verdad, pienso
qué falto estoy de
palabras;
qué fácil me resulta cambiar de ren-
glón para que esto me parezca
mááss laarrgooo...
No sé si ya tengo algo que decir
o
solo quiero ver que en la
parte de
abajo
del monitor dice ½.
Recuerdo que a veces
recuerdo que debo entrenar mis dedos,
pero ese no es el problema:
definitivamente no me
importa escribir lento. Sinceramente, me molesta mucho no tener sobre qué escribir.
Juan Griss
tratando...
tratando de buscar con qué llenar
esta enorme enorme
pantalla.
Imagino
(trato)
luces como si fueran ideas
y al instante
...
se apagan.
Es verdad, pienso
qué falto estoy de
palabras;
qué fácil me resulta cambiar de ren-
glón para que esto me parezca
mááss laarrgooo...
No sé si ya tengo algo que decir
o
solo quiero ver que en la
parte de
abajo
del monitor dice ½.
Recuerdo que a veces
recuerdo que debo entrenar mis dedos,
pero ese no es el problema:
definitivamente no me
importa escribir lento. Sinceramente, me molesta mucho no tener sobre qué escribir.
Juan Griss
lunes, 7 de septiembre de 2009
...
Mi amor,
alegoría de las causas bellas…
ironía del “Hasta nunca”…
aliteración que sacude mis oídos…
epanadiplosis del sexo…
anáfora por las mañanas…
paradoja de mi efímera felicidad eterna…
apóstrofe a tus manos…
metáfora de la luz…
asíndeton de las ganas de irme…
retruécano de nuestros gritos amables…
conversión de mi sueño…
anadiplosis entre mis noches y mis despertares…
elipse de los “Me hacés bien”…
similicadencia de los orgasmos...
encabalgamiento de madrugada…
hipérbaton de los almuerzos…
prosopopeya de las conversaciones con la almohada…
antítesis de mis soledades…
símbolo de mí…
interrogación retórica sobre la felicidad…
metonimia de las piernas…
paralelismo de mis noches…
hipérbole de la belleza superlativa…
paranomasia de mis palabras vulgares…
reduplicación del amor vespertino…
símil triunfante…
¿Qué?
Pleonasmo de todo esto… Perífrasis… Nada… Que te quiero!!!
Juan Griss
alegoría de las causas bellas…
ironía del “Hasta nunca”…
aliteración que sacude mis oídos…
epanadiplosis del sexo…
anáfora por las mañanas…
paradoja de mi efímera felicidad eterna…
apóstrofe a tus manos…
metáfora de la luz…
asíndeton de las ganas de irme…
retruécano de nuestros gritos amables…
conversión de mi sueño…
anadiplosis entre mis noches y mis despertares…
elipse de los “Me hacés bien”…
similicadencia de los orgasmos...
encabalgamiento de madrugada…
hipérbaton de los almuerzos…
prosopopeya de las conversaciones con la almohada…
antítesis de mis soledades…
símbolo de mí…
interrogación retórica sobre la felicidad…
metonimia de las piernas…
paralelismo de mis noches…
hipérbole de la belleza superlativa…
paranomasia de mis palabras vulgares…
reduplicación del amor vespertino…
símil triunfante…
¿Qué?
Pleonasmo de todo esto… Perífrasis… Nada… Que te quiero!!!
Juan Griss
Mientras
Amanecí pensando en la inmortalidad de las almas de las figuras en el techo de madera. Luego pensé en vos y en cuánto faltaba para las seis de la tarde. Decidí dormir un rato más, creo; no sé si lo decidí, pero sí dormí un rato más. Mezcla de sonambulismo y martirización, miré mi terrible cara en el espejo, sonreí y vi cómo el chorro de agua inundaba mis manos superpuestas. Las enormes gotas peleaban por caer de las pestañas. Cierta vez, creo, no pensé en vos.
Te sentaste en la cama y oliste café, te despeinaste, más, te apoyaste en tus rodillas y te impulsaste con desgano. Volviste a sentarte, y luego a recostarte. Pensaste nuevamente en ese aroma a café. Tu boca se llenó de espuma. Miraste tu terrible cara e, increíblemente, te despeinaste más. Creo que sonreíste mientras oprimías circularmente tus lagrimales. Cierta vez, creo, no pensaste en mí.
Aburrida y lenta y típica, transcurría aquella mañana: el ascensor no funcionaba; la escalera era eterna; la portera había tenido otro mal día; el dueño del kiosco había olvidado encargar cigarrillos; y la Plaza San Martín esquivaba los diagonales. Ella caminaba bajo una llovizna que no mojaba, humedecía el rostro. Él temía no haber despertado aún y agregó otra cucharada de café.
El mediodía no prometía luchar contra la inercia del tiempo: el vaivén del ascensor intimidaba a los pasajeros más que los infinitos escalones; la portera, ahora, lloraba a escondidas deambulando entre el sexto y noveno piso; el dueño del kiosco ya había perdido cuatro grandes clientes regulares y once ocasionales; y la Plaza San Martín seguía escabulléndose (para las doce y media estaba en ciento cuarenta y nueve y sesenta y seis). Ella comió apresurada, el severo y honesto reloj la acosaba. Él miró su almuerzo durante cuatro minutos y se lo obsequió a una pareja de palomas.
La tarde sí prometía enormes sucesos: el ascensor ya había recibido al enfermero; las escaleras mutaron en un tobogán acaracolado; la portera regresó a su casa y encontró un dibujo con su nombre y un enorme corazón en la puerta de la heladera; el dueño del kiosco recibió la visita de un quinto grado completo de excursión; y los diagonales setenta y nueve y ochenta encontraron su intersección en el jinete. Ella, creo, reconoció el agua cayendo semifusamente sobre su nariz. Él, creo, intentó sincronizar los pasos con los latidos, pero desistió a causa de la agitación.
Compartimos la mesa, y la cerveza, y algunos cigarrillos. Entregamos las manos a las caricias, y regalamos besos a la espera de una retribución igualmente cálida. Y nos miramos, y nos vimos.
Pueden, creo, pensar en mil y dos noches iguales y siempre distintas, cada vez más parecidas y, sin embargo, cada vez más diferentes.
Despertaron, creo, oliendo café y preguntándose cada uno para sí cuánto faltaría para las seis de la mañana.
Juan Griss
martes, 1 de septiembre de 2009
Picazón
Suele ocurrirme que en ocasiones me pica alguna zona del cuerpo y a pesar de rascarme la sensación de picazón no se va, e incluso aumenta cuando dejo de rascar creyendo satisfecha la necesidad de aplicar las uñas. Incluso llego a sangrar en algunas ocasiones. Pero lo verdaderamente extraordinario sucede cuando utilizo alguna herramienta para llegar a lugares inaccesibles para mis manos, como puede ser el centro de la espalda. Termino lastimándome con una rama, por ejemplo. Cuando no encuentro instrumentos para ayudarme a llegar a esos lugares, elijo una pared y me estampo contra ella a fin de matar los nervios sensitivos de la zona o al menos distraer al sistema nervioso haciéndolo atender prioritariamente una molestia más grave.
Una vez me ocurrió uno de estos ataques de picazón en plena calle céntrica en hora pico, y al no encontrar paredes entre tantas vidrieras, opté por estamparme contra un hombre. Lo tumbé al pobre desprevenido transeúnte, pero la picazón no disminuyó porque no me resultó lo suficientemente sólido. Así, comencé a colisionar contra todos los que estaban a mi alcance, dejándolos desparramados en la vereda. El caso es que, de la nada, apareció un grupo de adolescentes que creyó verme intentado animar un pogo y comenzó a imitarme. Sin darnos cuenta, la situación se volvió casi bélica. Para animarnos, entonábamos canciones de cancha o rockanroles. Pero debido a que mi motivación era distinta a la de aquel grupo, no tardé en dejarlos, uno por uno, desmayados por un topetazo. La calle parecía un campo de batalla, con seres que luchaban por incorporarse y huir. Así, finalmente me vi solo, de pie, sin nadie más a quien recurrir para alivianar mi molestia, por lo que me tiré al piso y comencé a realizar movimientos semejantes a convulsiones como si fuera un pez fuera del agua.
17 de mayo
Sillón del living de su casa.
Una vez me ocurrió uno de estos ataques de picazón en plena calle céntrica en hora pico, y al no encontrar paredes entre tantas vidrieras, opté por estamparme contra un hombre. Lo tumbé al pobre desprevenido transeúnte, pero la picazón no disminuyó porque no me resultó lo suficientemente sólido. Así, comencé a colisionar contra todos los que estaban a mi alcance, dejándolos desparramados en la vereda. El caso es que, de la nada, apareció un grupo de adolescentes que creyó verme intentado animar un pogo y comenzó a imitarme. Sin darnos cuenta, la situación se volvió casi bélica. Para animarnos, entonábamos canciones de cancha o rockanroles. Pero debido a que mi motivación era distinta a la de aquel grupo, no tardé en dejarlos, uno por uno, desmayados por un topetazo. La calle parecía un campo de batalla, con seres que luchaban por incorporarse y huir. Así, finalmente me vi solo, de pie, sin nadie más a quien recurrir para alivianar mi molestia, por lo que me tiré al piso y comencé a realizar movimientos semejantes a convulsiones como si fuera un pez fuera del agua.
17 de mayo
Sillón del living de su casa.
domingo, 30 de agosto de 2009
INSTRUCCIONES PARA DESINSTRUCCIONALIZARSE
Esto de la escritura forzada a veces resulta bueno para obligarlo a uno a concentrarse, olvidando por momentos el cigarrillo en el cenicero, consumiéndose, el vaso sobre la mesita, calentándose, o enfriándose… Entonces uno vuelve la mirada hacia ellos por un momento, como asegurándose de su presencia indispensable pero dándoles la posibilidad de que ellos mismos certifiquen su existencia por el olvido próximo, segundos después. Luego la mirada vuelve a tornar hacia el escabroso tema al que se le quiere dar vida, verificando cada algunas palabras si ha salido, al menos, entendible… Uno piensa, recordando cierta situación: “Si no me quisiste a tiempo, ahora ya es tarde; soy orgulloso”, y ve que en la pantalla aparece: “Si no me quisiste a tiempo, ahora ya es tarde; soy orgulloso”, pero que hubiese quedado mejor escribir: “Yo respeté cuando vos no sabías qué sentías hacia mí, vos respetá que yo no crea que ahora lo sabés”. Entonces borramos y ponemos la reformulación de la frase… Resulta ser que es exasperante cuando uno no puede ser claro, incluso cuando tiene el tiempo necesario y los nervios templados para elegir las palabras… Sí, puede borrarse, pero la primera y pura frase aún queda dando vueltas… ¿Por qué se omitió el calificativo “orgulloso”? ¿Acaso porque da vergüenza admitir que uno lo es? Nadie mira mientras se escribe, nadie sabe qué se ha sacado, qué se ha modificado… Uno, como dueño de lo que quiere decir, tiene ese derecho, y, si se quiere, hasta la obligación de seleccionar la mejor manera de hacerse entender… Aquí uno advierte, toma conciencia de que es dueño del texto, de que en él puede decir cuanto le place, cuanto se le ocurre, inventar y enmarañar cuanta estupidez se le cruce por la mente, adornándola con palabras bellas, de ser posible. Yo, quien escribe esto, puedo ser fatal conmigo, con usted, que me lee, y hacer que me odie, me ame, o le sea absolutamente confuso cuando repase qué he dicho. Yo soy dueño de esto -tal vez lo único y realmente mío-, cierto o no. Usted no puede quitármelo, puede, acaso, no concordar conmigo, pero no quitármelo; yo tengo la palabra. Odie mi autoritarismo o envidie la libertad con que escribo, pero si digo que la literatura no es más que una gran farsa que encubre a millones que no se animan a vivir, prefiriendo leer o escribir vidas ajenas, no tendrá más remedio que aceptarlo o apartar la vista… Yo soy parte de esa farsa, y juego gustosamente, pues en nada me molesta saber que cada palabra me aleja un poco del mundo al que temo, del mundo real, donde realmente la gente muere, donde los amores que realmente anhelo duelen por su ausencia o trunco desenlace… Acepto escapar, no solo porque admito ser un cobarde, sino porque me gusta el control: yo invento, creo, doy vida a una nueva realidad, y mi poder crece con cada ser lector que pasea por mis palabras, pisando la calle que describo o sentado en la punta del banquito donde hago que un personaje mire tiernamente a la mujer de sus sueños.
Juan Griss
Juan Griss
INSTRUCCIONES PARA LEER EL MUNDO
Insistiré eternamente en jamás renegar de lo pasado… Uno no necesita ser demasiado sabio para advertir que forma parte de nosotros; miedos, suspiros mudos, llantos silenciosos y solitarios, sonrisas sentidas, percibidas… Nada es más nuestro que el pasado. Tal vez alguien pueda amenazar con un cachetazo algún mañana, pero el de “la otra vez” todavía duele lindo, duele a la mina que te dejó pero te enseñó a ser, duele al tipo que te escucha presto a cagarte a pedos, duele al viejo que te sonríe orgulloso, a la vieja que te narra en secreto con lágrimas de amor… Un cachetazo pasado es un “te quiero” que se dejó pasar, una tabla del nueve, o del seis, una canción olvidada y tarareada entre brindis… Un cachetazo pasado es un “te quiero” dicho, espontáneo, sincero, es un “te quiero” siempre a tiempo y destiempo…
Y hay poesía dando vuelta por todos lados… Mirá bien, tal vez la que querés oír, decir, vivir, está por ahí… Cerrá los ojos, tomá aire, dejá de pensar y largalo, que aunque no se te entienda seguro se te percibirá… Creé, queré… Queré querer, queré ser querido… Creele, que querer no hace mal a nadie…
Juan Griss
Y hay poesía dando vuelta por todos lados… Mirá bien, tal vez la que querés oír, decir, vivir, está por ahí… Cerrá los ojos, tomá aire, dejá de pensar y largalo, que aunque no se te entienda seguro se te percibirá… Creé, queré… Queré querer, queré ser querido… Creele, que querer no hace mal a nadie…
Juan Griss
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